La misa que encendió Tucumán: barro, mística y un engranaje que no falla

De la urgencia del viaje a la adrenalina de la valla: una cobertura en primera persona sobre la vigencia del ritual, los rescates en el pogo y el insólito tesoro que dejó la marea al final de la noche.
Espectáculos11/10/2026PUE!PUE!

Llegué a Tucumán con el tiempo justo y los nervios a flor de piel porque el colectivo no avanzaba. Ni bien bajé, me fui corriendo a la concentración, que por suerte estaba al toque de la terminal: le enchufé la cámara a un amigo y empezamos a grabar todo en la previa. El ambiente siempre lo voy a definir como una Navidad con primos que nunca viste en tu vida: esas primeras fiestas que vivís cuando sos chico y conocés otros pibes con los que extrañamente pegás buena onda, donde todos hablan el mismo lenguaje y se cuidan entre sí.

Todo el tiempo me sentí un niño de nuevo. La verdad es que no fue un periodista al show: fue ese chico de primaria que siempre soñó con Olavarría y que nunca pudo cumplir ese sueño, al igual que muchos grandes y chicos que me crucé preguntando a todo el que veía si era su primera misa. Ver que tantas personas tenían esa experiencia fue muy lindo. Honestamente no fue la mía; ese lujo lo tuve en La Plata un 7 de diciembre y tuvo muchísima mística, pero esta fecha no se quedó atrás.

Desde la partida de Carlos Alberto Solari se dice que el cielo está nublado y esta misa no fue la excepción: estábamos ansiosos de ver si esta era una de esas ceremonias en la tormenta donde el barro se hace cruel y nos viene a sepultar. Quería estar en la valla sí o sí, así que corrí como nunca y llegué a estar a un par de cabezas de esas chapas negras que nos separaban del escenario.

Cada minuto entraba alguien más. Se hicieron las 20:45 y estábamos atentos a ver si prendían el stream. Entre tantos murmullos se empezaron a cantar canciones para el agite de la banda, nada raro en estos eventos, hasta que escuché que le cantaban a un ricotero que se enteró en ese mismo lugar que iba a ser abuelo: un bello momento que supongo que esa persona llevará por siempre.

Escucho que el camarógrafo del lado de Baltazar Comotto grita "faltan 30 minutos". En las redes anuncian que el stream arranca a las 21:30; todo iba de acuerdo al plan.

Durante la previa, la pregunta recurrente fue: "Para vos, ¿con cuál arrancan?". Existía esa idea casi unánime de que Los Fundamentalistas iban a arrancar con Fuegos de octubre. Sin embargo, una persona respondió con toda seguridad: "Empiezan con Mariposa Pontiac". Ahora me pregunto si será alguien que tenía info o simplemente un visionario.

Con los primeros acordes, instantáneamente pensé en esa persona. Detrás vino la marea de la gente que suele salir por marearse o porque el pogo a veces es más de lo que uno se imagina. Ya para Ceremonia en la tormenta habíamos sacado a varias personas colaborando con los rescatistas. Ahí me separé de mi amigo y me quedé preocupado, ya que era su primer recital tan grande, pero la angustia se me pasó apenas arrancó el tema siguiente.

La noche continuó con varias sorpresas como El ruiseñor, el amor y la muerte, o el momento en el que el querido Tallarita casi se quiebra gritando "¡Indio eterno!" en Gualicho. ¿Qué decir de ese tema? Ni bien Gaspar arrancó, dijimos al mismo tiempo con los que me rodeaban: "No podés tocar eso", no en un sentido negativo, sino todo lo contrario. Pero creo que el momento más destacable fue el silencio absoluto seguido de "pensando en vos siempre". Escuchar las palabras de Pablo Sbaraglia fue sanador de cierta manera.

El resto del show continuó con normalidad. Ya nos habíamos acomodado entre todos y no entraba ni un alfiler en la valla. Ese es el mejor momento: es como un engranaje ricotero donde ya sabés para qué lado saltar. El comentario común en la valla era que ya arrancaba Fuegos de octubre, pero el tema nunca sonó, para desilusión de varios.

Llegado Ji Ji Ji, el engranaje se desarmó y las piezas saltaron para todos lados: uno para acá, otro para allá, como las púas que regalan al final del show o esas listas en forma de bollitos de papel.

Una vez terminó ese power Ji Ji Ji y ya se había descomprimido todo el ambiente, sentí un toque en mis hombros: era mi amigo Mateo, quien también había vivido una verdadera odisea. Pero todavía faltaba el objetivo, faltaba la razón por la cual había viajado tanto: uno de esos bollitos de papel que parecían esquivarme, al igual que las púas que me rebotaron en el pecho y que no tengo ni idea de dónde terminaron.

Estábamos todos atentos esperando a ver si salía otra lista. Me doy vuelta y veo a un chabón que decía: "Soy de Tandil, por favor tírenme una lista que las colecciono". A lo que le respondí de una: "Loco, todos los que seguimos acá en la valla coleccionamos", como para que entendiera que ahí no había privilegios y que todos estábamos buscando exactamente lo mismo.

En eso salió alguien del staff con un papel, pero no era un bollito: era un rectángulo perfectamente doblado que, una vez que cruzó la valla y voló por sobre nuestras cabezas, comenzó a rebotar para todos lados. Me tiré a cazarlo en el aire, me caí, empecé a rodar en el barro y terminé aplastando al hombrecito de Tandil. Pero una vez que lo tuve en la mano, me levanté y le grité a mi amigo: "¡Mateo, lo conseguí!".

Corrimos dos pasos para abrir el papel y resulta que eran dos hojas juntas. Le iba a entregar una a Mateo cuando el chabón de Tandil se nos acerca y nos pide: "Por favor, amigo, te la cambio por una púa, dame una hoja". Prefería dársela a mi amigo, pero ante la oferta Mateo aceptó el mano a mano: le dio la lista y el loco le entregó la púa. Acto seguido, Mateo me mira, me dice "Gracias por traerme" y me regala la púa a mí.

Con la emoción en el aire nos pusimos a leer con atención el papel que nos había llevado a rodar por el barro. Y ahí vino el verdadero remate de la noche: la lista ni siquiera era del show de Tucumán, era del recital de Comodoro Rivadavia. De ese modo insólito, entre risas, barro y la mística impredecible de la valla, me volví a casa con una púa y la lista de una fecha a miles de kilómetros de distancia.

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