

Desde este lunes, quienes recorren rutas argentinas pueden encontrarse con una imagen que mezcla vocación y necesidad: guardapolvos blancos al costado del camino, con el brazo extendido, esperando que alguien frene. No están de paseo. No es turismo. Es el viaje diario para poder enseñar.
En muchas localidades rurales o alejadas de los grandes centros urbanos, el transporte público es escaso o inexistente. Para cientos de docentes, llegar a la escuela se convirtió en una verdadera travesía diaria.
Viajan como pueden: comparten autos con colegas, combinan trayectos largos y complicados o dependen de la solidaridad de los conductores. Cada mañana es una incertidumbre. Cada viaje, una carrera contra el reloj para no dejar el aula vacía.
El guardapolvo blanco, símbolo histórico de la educación argentina, hoy también funciona como señal en la banquina. Detrás de cada pedido de aventón hay historias que conmueven: madres y padres que dejan a sus propios hijos para ir a enseñar; jóvenes que comienzan su carrera; trabajadores que, pese a las dificultades, eligen estar frente a sus alumnos.
Mientras el debate educativo gira en torno a cifras y discursos, en las rutas se juega otra parte silenciosa del sistema: llegar a tiempo. Llegar pese a todo. Llegar para que la escuela abra sus puertas.


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